“¡Hay que sacar las armas de la universidad!”, exclama con vehemencia Saúl Franco Agudelo, comisionado de la Verdad de Colombia, al reflexionar frente al equipo de reporteros jóvenes de la Unidad de Investigación Periodística sobre el impacto del conflicto armado en las universidades.
Este es un tema poco abordado en los medios de comunicación del país. En la revisión de archivos de prensa, desde finales de la década de los noventa hasta los primeros años del dos mil, no se encuentra un volumen significativo de publicaciones. Incluso, en medios locales, el silencio es notorio, a pesar de que la universidad pública más importante de los territorios que cubrían se encontraba asediada por grupos armados ilegales.
¿Miedo? ¿Amenazas a los periodistas? ¿Cooptación de las líneas editoriales? ¿Silencio de las fuentes? Hoy, todas esas posibilidades siguen vigentes y no permiten una respuesta categórica. Las guerras entierran verdades y consolidan estratégicamente una imagen turbia de la realidad.
La imagen turbia de Colombia a comienzos del siglo XXI es un collage en blanco y negro: pueblos desplazándose, listas de desaparecidos, menores reclutados, masacres dantescas; estudiantes y profesores perseguidos por sus militancias o por oponerse al statu quo. También es la imagen de un movimiento estudiantil, con un largo historial de persecución desde principios del siglo XX, señalado —al final de esa época— como enemigo del Estado por supuestamente hacer “juego” a las guerrillas.